Nos dice el apóstol Pablo en la epístola a los Romanos: "Gozaos con los que se gozan: Llorad con los que lloran" (Rom 12:15). Cuán fácil es alegrarse con aquellos que tienen motivos para estar contentos pero, qué difícil llorar con aquellos que están tristes. Durante toda nuestra vida intentamos huir del dolor, la pena y la muerte y cuando vemos en otros la profunda huella de la pérdida no sabemos cómo reaccionar. Hemos estado huyendo de la tristeza y ahora la vemos reflejada en la cara de nuestro prójimo como metal bruñido refleja la realidad, no claramente si no de forma desfigurada e indefinida. "Llorad con los que lloran": ésta es la recomendación de San Pablo, aún así para muchos es difícil llorar con aquel que está triste y prefieren mostrar optimismo y minimizar la pérdida del otro. Realmente esta actitud más que hacernos bien lo que provoca es endurecimiento, incomprensión y relativismo.

Cuando el Señor Jesús se enteró de la muerte de Lázaro fue corriendo hasta la casa de sus hermanas y al llegar allí se encontró con una escena de dolor desatado: "Mas María, como vino donde estaba Jesús, viéndole, derribóse á sus pies, diciéndole: Señor, si hubieras estado aquí, no fuera muerto mi hermano. Jesús entonces, como la vió llorando, y á los Judíos que habían venido juntamente con ella llorando, se conmovió en espíritu, y turbóse, Y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Dicenle: Señor, ven, y ve" (Juan 11:32-34). Es aquí, justo en este momento, cuando Jesucristo reacciona a este dolor de sus amigos y conocidos con un único acto: "Y lloró Jesús" (Juan 11:25). No hizo, por el momento, nada más, sino llorar en señal de solidaridad y amor a sus seres queridos (porque Cristo los amaba: "Y amaba Jesús á Marta, y á su hermana, y á Lázaro" (Juan 11:5). Así que cuando el dolor se apodera de nuestros seres estimados no hay nada más que podamos hacer que acompañarlos en este dolor, superar esta pérdida juntos; el resto es tarea de Dios. Porque después de que Cristo llorase volvió a mostrar su gloria divina: "Y Jesús, conmoviéndose otra vez en sí mismo, vino al sepulcro. Era una cueva, la cual tenía una piedra encima. Dice Jesús: Quitad la piedra. Marta, la hermana del que se había muerto, le dice: Señor, hiede ya, que es de cuatro días. Jesús le dice: ¿No te he dicho que, si creyeres, verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la piedra de donde el muerto había sido puesto. Y Jesús, alzando los ojos arriba, dijo: Padre, gracias te doy que me has oído. Que yo sabía que siempre me oyes; mas por causa de la compañía que está alrededor, lo dije, para que crean que tú me has enviado. Y habiendo dicho estas cosas, clamó á gran voz: Lázaro, ven fuera. Y el que había estado muerto, salió, atadas las manos y los pies con vendas; y su rostro estaba envuelto en un sudario. Díceles Jesús: Desatadle, y dejadle ir." (Evangelio Juan 11:38-44).

Dios es Todopoderoso y nos ha prometido vida eterna a aquellos que en Él creemos como dijo a Marta, hermana de Lázaro: "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá" (Juan 11:25). Así que cuando un ser querido sufra dolor y pérdida lo mejor que podemos hacer es sufrir esta pérdida con él y esperar, en esperanza y con fe, a que Nuestro Señor Jesucristo cumpla su promesa.

Concluyo estas líneas recordando a aquellas personas a las que estimo y a ellas les digo, siguiendo el consejo de Pablo: Lloraré con vosotros cuando lloréis.