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El destino nunca es el que esperamos E-mail
Escrito por Moisés Gómez   
Domingo, 21 de Marzo de 2010 13:23
El destino nunca es el que esperamos

"Ahora pues, venid, y matémosle y echémosle en una cisterna, y diremos: Alguna mala bestia lo devoró; y veremos qué será de sus sueños. [...] Entonces Judá dijo a sus hermanos: ¿Qué provecho hay en que matemos a nuestro hermano y encubramos su muerte? Venid, y vendámosle a los ismaelitas, y no sea nuestra mano sobre él; porque él es nuestro hermano, nuestra propia carne. Y sus hermanos convinieron con él". (Génesis 37:20.26-27)

Todos los días nos anticipamos, nos pre-ocupamos por situaciones que preveemos que sucederán. Sabemos que vamos a tener que realizar una llamada y pensamos qué vamos a decir, qué nos van a responder, cómo lo vamos a decir; preparamos respuestas antes de saber las preguntas. Nos preparamos para lo peor, para evitar la decepción, el fracaso; nos preocupamos antes para evitar la decepción después.

Después, cuando realizamos la llamada vemos que nada ha salido como nosotros preveíamos. Al final sale mejor de lo que pensábamos, o peor, pero en la mayor parte de las ocasiones no ha servido de nada la pre-ocupación, el darle vueltas días y días, el dejar de hacer otras cosas tan bien como deberíamos por pensar en algo que, al fin y a la postre, no ha sido para tanto.

La historia del patriarca José nos enseña que el destino, nuestro destino, no lo elegimos nunca nosotros, pese que a nosotros nos lo parezca.

José fue el último hijo de Jacob. Solía tener sueños en que Dios le revelaba metafóricamente que sus hermanos le servirían; algo que, junto al hecho de que era el hijo preferido de Jacob provocó que no pocos de sus hermanos lo quisiesen destruir. Después de pensar en matarlo, lo vendieron a unos mercaderes que lo llevaron a Egipto. Allí lo compró un oficial del Faraón, Potifar, pero la mujer de éste quería tener relaciones sexuales con José, algo que él nunca permitió. En venganza, lo acusó de haber intentado abusado de ella y Potifar lo metió en la cárcel. Allí interpretó los sueños de dos siervos, uno de los cuales, tiempo después, le permitió entrar en contacto con el Faraón.

Finalmente, y debido a las gracias que Dios le proporcionó, fue gobernador de Egipto, por encargo director de Faraón.

En esta historia Dios nos revela que los hechos más importantes acaecidos en la vida de José no se han producido por su voluntad. Nunca había pensado en cómo defenderse de sus hermanos en el caso de que quisieran matarle, tampoco en qué hacer si la esposa de un gobernante intentaba ser infiel a su marido con él. Pero lo cierto es que lo que él no preveyó le sucedió, y no por eso dejó de salir indemne de todas las situaciones, siendo al final el mayor mandatario de Egipto.

Así pues, debemos recordar que no nos debemos preocupar en exceso por lo que aún no ha sucedido, porque no somos nosotros los que dominamos nuestro destino, sino Dios. Y es Dios quien nos dará las fuerzas y la palabra para actuar en toda situación.

"No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal". (Mateo 6:31-34)

 

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